No hubo delicadeza, pero sí una devoción brutal. La primera noche fue una marea de embestidas rápidas y pesadas. Me tomó de espaldas, apretándome contra el colchón con una mano firme en mi cadera mientras la otra se enredaba en mi cabello, jalándome la cabeza hacia atrás para que sus labios no se despegaran de los míos. El impacto seco de sus muslos contra los míos resonaba en la habitación, mezclado con los jadeos rasposos de su garganta y mis propios gritos que se perdían en la penumbra.
—Mír