—Nunca vuelvas a decir esa estupidez, Emma —ordenó en un murmullo denso, rasposo—. No eres reemplazable. No hay otra hembra en este mundo que pueda ocupar tu lugar. Eres mi sangre, eres mi Luna y la única mujer a la que le he entregado mi vida sin poner condiciones. Si algún día llego a perderte por mi propia estupidez, me vuelvo loco ahí mismo y no queda nada de este Alfa.
El pecho se me apretó de emoción. A veces se me olvidaba lo absoluto que era el amor de un lobo, pero Thomas me lo recorda