Sostuve el pequeño frasco de cristal entre los dedos. El olor a hierro y pino quemado impregnaba la sala, pero al quitar el tapón de corcho, el aroma dulce y agrio de la sangre de Vesper golpeó mi olfato con una claridad aplastante. No había vuelta atrás. Emma me observaba desde el sofá con los ojos muy abiertos, conteniendo la respiración, mientras Freya permanecía de pie junto a la chimenea con los brazos cruzados y la mirada fija en mí.
Me llevé el cristal a los labios. Vertí la fría gota so