La noche cayó pesada sobre la mansión.
Estaba sentada en el gran sofá de cuero, con las piernas recogidas sobre los cojines para descansar el tobillo. Thomas estaba pegado a mí, gigantesco, con un brazo rodeándome los hombros y la otra mano descansando sobre mi vientre. La tensión de la tarde por lo de Vesper y Freya seguía en el aire, pero en ese rincón de la sala, envueltos por el calor de las brasas, el ambiente era íntimo y tranquilo.
Las manos de Thomas, grandes y ásperas por los entrenami