El retumbar de los aullidos y la música de la manada afuera se convirtió en un murmullo distante en cuanto crucé el umbral de la mansión con Emma tomada de la mano. Subimos las escaleras a paso rápido, pero sin correr; no había prisa, pero la necesidad me estaba carmiando los bordes de la cordura. Cada toque de su cadera contra la mía durante el camino hacia la habitación principal era una tortura calculada.
Cerré la puerta con un golpe seco de talón y le pasé el cerrojo. El silencio de la esta