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Capítulo 7. Cita a ciegas.

El reflejo en el espejo del inmenso tocador le devolvía la mirada a una mujer que Amanda apenas reconocía.

El vestido oscuro se ajustaba a su figura de una forma que nunca se había atrevido a usar, y el maquillaje acentuaba sus facciones, dándole un aire fresco, seguro y sofisticado.

Sin embargo, por dentro, sentía un nudo en la boca del estómago que no la dejaba respirar con normalidad.

—Adriana, no puedo hacer esto —soltó de golpe, apartando las manos de su amiga, que intentaba acomodarle el cabello—. Es una locura. Soy una mujer casada. ¿Qué pasa si alguien de la empresa me ve? ¿Qué pasa si...?

—Ni se te ocurra echarte para atrás ahora, Amanda Borbón —la interrumpió Adriana, tajante, plantándose frente a ella—. No te pusiste ese vestido espectacular para quedarte encerrada en esta mansión llorando por un marido al que no le importas. Hoy sales, te tomas un trago, te diviertes y te acuerdas de lo que es ser una mujer deseada. Punto final.

Amanda soltó un suspiro largo y cerró los ojos un segundo. Sabía que su amiga tenía razón, pero el peso de las reglas y el miedo al escándalo la tenían paralizada.

Aún así, asintió despacio, dejándose arrastrar por la energía arrolladora de Adriana.

Una hora más tarde, el ambiente del exclusivo club nocturno de California golpeó a Amanda con fuerza.

El bajo de la música electrónica retumbaba en el piso, las luces de neón cortaban la oscuridad y la inmensa barra principal estaba a reventar de gente riendo, bebiendo y bailando sin el menor pudor.

El contraste con el silencio aburrido de la mansión Grimaldi era abismal.

Amanda se encogió un poco, aferrándose a su pequeño bolso.

—Adri, por Dios, ¿no había un lugar un poco más discreto? —se quejó, alzando la voz para hacerse escuchar por encima de la música—. Me aturde la cabeza. Siento que todo el mundo me está mirando.

—¡No seas aguafiestas! —le gritó Adriana al oído, riendo y moviendo los hombros al ritmo de la música—. Este lugar es súper exclusivo, el ambiente está increíble y a nadie le importa lo que hagas. Relájate.

De pronto, una mujer alta, vestida con un traje negro y un pequeño auricular, se acercó a ellas.

Se inclinó hacia Adriana y le murmuró algo directamente al oído. Adriana sonrió ampliamente y, con un gesto rápido de la mano, señaló a su amiga.

La anfitriona asintió y se retiró hacia los pasillos del fondo. Amanda sintió que la sangre se le bajaba a los pies.

—¿Qué te dijo? —preguntó, poniéndose repentinamente pálida—. Adriana, ¿qué está pasando?

—Todo está listo para tu cita. Tu chico misterioso ya tiene la mesa esperando —Adriana le agarró la mano y tiró de ella con fuerza—. Vamos, que es hora.

Amanda pasó saliva con dificultad, sintiendo la garganta seca. Se dejó guiar a través de la multitud hasta llegar a la entrada de la zona VIP.

Era un área muchísimo más apartada, envuelta en una penumbra elegante y rodeada de pesados cortinajes de terciopelo oscuro que amortiguaban el ruido exterior.

Las mesas estaban estratégicamente separadas por biombos para garantizar la privacidad absoluta de los clientes.

Exactamente el escenario íntimo que Víctor había exigido en su plan maestro esa misma mañana.

Adriana la empujó suavemente hasta que Amanda cayó sentada en uno de los cómodos sofás curvos.

—Bueno, mi reina, yo me retiro —anunció Adriana, acomodándose la correa del bolso sobre el hombro.

—¡¿Qué?! ¡No! —Amanda se levantó a medias y se aferró a la muñeca de su amiga, aterrada—. No me dejes sola aquí, por favor. Te lo suplico.

—Suéltame, dramática —Adriana se zafó con una risa traviesa y le dio unas palmaditas en la mano—. Tienes que divertirte por tu cuenta. Estaré en la barra principal, a solo unos pasos de aquí. Cualquier cosa, me escribes. ¡Disfruta!

Antes de que Amanda pudiera protestar de nuevo, su amiga desapareció tras las pesadas cortinas.

Se quedó completamente sola, jugando nerviosamente con los anillos de sus dedos, deseando tener el valor para salir corriendo hacia el estacionamiento.

En ese instante, un mesero apareció de la nada en medio de la poca luz y depositó una elegante copa de Martini sobre la mesa.

—Disculpe, yo no pedí esto —se apresuró a decir Amanda, confundida.

—Lo sé, señorita —respondió el empleado con cortesía—. Es cortesía del caballero que viene allí.

El mesero hizo un leve gesto con la cabeza hacia el pasillo y se retiró en silencio. Amanda levantó la vista y la respiración se le atascó en el pecho.

Un hombre caminaba hacia ella con una seguridad aplastante. No se parecía en absolutamente nada a Víctor, ni a nadie que hubiera visto jamás.

Estaba perfectamente caracterizado.

Su cabello lucía más largo, peinado hacia atrás con un estilo moderno y ligeramente desordenado, ocultando el tono castaño claro de su marido bajo un tinte temporal muy oscuro.

Llevaba una chaqueta de cuero sobre una camisa negra que dejaba ver un poco de su pecho, dándole un aspecto rudo, misterioso y atractivo que contrastaba con los trajes perfectos que Víctor usaba a diario.

Pero lo que más la maravillo fue su rostro. Su candado en la barba modificaba por completo la forma de su mandíbula, y sus ojos... esos ojos no eran los de Víctor.

Llevaba unos lentes de contacto negros que habían borrado cualquier rastro del azul de sus ojos, dándole una mirada profunda y penetrante que parecía desnudarla con solo verla.

A lo lejos, asomada por una rendija de la cortina, Adriana le hizo un guiño cómplice y desapareció del todo.

Amanda se quedó inmóvil, sin saber cómo reaccionar ante el imponente desconocido que tenía enfrente.

El extraño terminó de acortar la distancia. Llevaba un vaso de whisky en la mano derecha.

Sin decir una sola palabra, se sentó frente a ella, acomodándose en el sofá con una soltura que irradiaba seducción.

Apoyó el vaso sobre la pequeña mesa, se inclinó ligeramente hacia adelante y fijó esos ojos oscuros directamente en los de ella.

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