ALESSANDRO
Después de haber hecho aquella aclaración, Leticia pareció muy afectada y derramó varias lágrimas. Tragué con fuerza, incapaz de seguir torturándola, pero también, sin seguir comprendiéndola.
—Lo siento… —murmuré—. No puedo verte llorar —le aclaré, borrando con mis dedos los rastros de lágrimas de su mejilla.
Ella, ladeó su cabeza y la colocó en mi hombro como si fuéramos los mejores amigos del mundo y yo la estuviera consolando.
Resoplé internamente, mientras intentaba contener mis