LETICIA
Cuando abrí los ojos tras despertar de un largo y relajado sueño, vi a Alessandro a escasos centímetros de mí. La miraba burlona con la que me observaban sus ojos aguamarina oscurecidos, hizo que me sobresaltara y cubriera con la manta hasta el cuello.
—Es curioso que siempre seas las primera en todo —musitó, recorriendo con lascivia mi cuerpo cubierto con la manta—. Eres la primera y única mujer que no me ha esperado ansiosa en la cama; en cambio, te has dormido del aburrimiento —acotó