ALESSANDRO
Leticia parecía pensarlo en tanto yo la miraba sin ocultar mi evidente deseo. El ambiente relucía gracias a la carga sexual que nuestros cuerpos emanaban. Leticia podía mentirse a sí misma, pero a un hombre experimentado como yo, jamás. Entre nosotros las cosas chispeaban, como fuegos artificiales que solo podías observar desde cierta distancia y anhelar alcanzar. No nos tocábamos con las manos, pero la sensación de que un fuego arrollador nos envolvía, no lo estaba experimentando so