Capítulo 54. Heridas que no sanan
Richard lo observó en silencio. Por un instante, pensó en los años que habían trabajado juntos, en todas las veces que Alex había estado dispuesto a cruzar líneas que otros no se atrevían ni a mirar. Y, aunque odiaba admitirlo, sabía que Alex tenía razón en algo: Marchetti no confiaría en nadie que no jugara según sus propias reglas.
Unos ligeros golpes sonaron en la puerta y Alex sonrió.
— ¿Ema? —Preguntó Richard y él asintió.
Alex le abrió la puerta a su hija y la cargó dándole mucho