Capítulo 47. El sueño

El sueño comenzó como un murmullo lejano, un eco húmedo y oscuro que se deslizaba entre las sombras de su mente. Alina se encontró en un lugar que no reconocía. Las paredes eran de piedra y olían a sangre vieja. El aire estaba impregnado de un hedor amargo, una mezcla de sudor, miedo y algo más que erizó la piel de su nuca. Avanzó descalza, sintiendo el frío del suelo como cuchillas bajo sus pies.

En el fondo, una cadena tintineó. El sonido la hizo girar, y entonces la vio.

Una joven estaba arrodillada en medio de la sala, encadenada por el cuello a un pilar. Tenía la piel cubierta de moretones, el cabello enmarañado, vestida con harapos y una mirada rota que se clavó en ella con súplica. Sus labios estaban partidos y temblaban, como si llevara días sin probar agua ni comida.

—¿Quién eres? —susurró Alina, aunque no sabía si la otra podía escucharla.

La joven alzó la cabeza lentamente, y el brillo de sus ojos verdes, hinchados por el llanto, le devolvió una imagen de dolor tan intenso
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