La copa de vino tembló entre mis dedos.
El aire viciado que llenaba ese maldito salón me estaba destrozando la mente. No sabía qué diablos pasaría ahora, ni qué esperar. La celebración espontánea que habían organizado los Gavrilov había comenzado con una cortesía forzada por parte de todos los integrantes, como si estuviéramos actuando en una obra de teatro escrita por un autor morbosamente retorcido.
Y, como en toda obra, no podía faltar el villano.
Adrik seguía sonriéndome con esa malicia que