Gema
Me ha costado muchísimo recuperarme, y todo se volvió aún más insoportable cuando supe que Dalia había desaparecido de la Orden. La culpa me devora; debería haberla traído aquí antes, justo cuando me llamó… debería haberlo hecho todo distinto.
Leonardo entra en mi dormitorio y percibe de inmediato mi inquietud. Sin decir palabra, se coloca detrás de mí y me envuelve entre sus brazos, aprisionándome con todo su cuerpo. Su calor me envuelve, y poco a poco siento cómo la tensión se disuelve.
—¿Qué ocurre… preciosa? —susurra, con ese tono que solo utiliza conmigo.
Me derrito ante sus palabras, y más aún ahora que estoy convaleciente, sintiendo cada gesto suyo como un bálsamo que me calma y me hace sentir segura.
Me toca la nuca con los dedos y un estremecimiento recorre mi columna vertebral.
—Leonardo…
—¿Ya no me llamas Leo? Tan cariñosa estabas el otro día…
Intento darle un pequeño codazo para que deje de burlarse de mí, pero no hay forma; me tiene bien sujeta por detrás. Con