Gema
Después de la ducha, ya vestida con ropa sencilla, me estoy secando el cabello con el secador cuando un leve movimiento en el pasillo capta mi atención, apenas perceptible, pero inconfundible para mis sentidos de mujer loba. Aspiro profundamente y de inmediato lo reconozco: es Leonardo. Abro la puerta con cuidado y lo veo apoyado contra la pared, justo al lado del marco.
Su postura no es rígida como de costumbre sino todo lo contrario: los hombros caídos; parece agotado aunque intenta disi