LARS
Me dolía la cabeza cuando desperté esa mañana, pero el roce de la bala fue solo eso, un roce. Hubo sangre porque, siendo franco, ¿qué herida en la cabeza, por más mínima que fuera, no dejaba un rastro alarmante de viva y muy rojiza sangre, haciendo pensar a cualquiera que moriría desangrado?
Más me molestaba la mano, porque la sentía apretada dentro de la escayola, pero tampoco era la gran cosa. Pude haber muerto si la bala iba un par de centímetros más allá y lo sabía; no obstante, la peo