Rafael narrando
Todavía me reía de mi propio dibujo ridículo cuando lo noté: Flavia sonreía, sí, pero cada vez que nuestros ojos se cruzaban, ella se sonrojaba y apartaba la mirada. Como si aquel momento en el sofá —su cuerpo acurrucado contra el mío, su aliento cálido en mi cuello— aún flotara entre nosotros como un secreto pesado.
La noche había sido larga. Bia, febril e inquieta, nos había mantenido despiertos hasta el amanecer. Flavia, incansable, alternaba entre compresas, canciones de c