Rafael narrando
Sentí la sangre hervir. Mi mandíbula se trabó, los puños se cerraron con tanta fuerza que mis dedos crujieron. Ese desgraciado tuvo la osadía de venir hasta mi casa. De acercarse a ella. De burlarse de mi protección.
Flavia me miraba con los ojos vidriosos, respirando con dificultad. La atraje a mis brazos, con fuerza, como si quisiera protegerla hasta del propio aire alrededor.
—Nadie… nadie va a poner un dedo sobre ti, Flavia. Lo juro por todo lo que me queda en este mundo.