El adulto caminó hasta el estacionamiento con el chaleco en el brazo. De forma disimulada, Leo tocó sus brazos sintiendo frío a pesar del sol primaveral. Rodó los ojos y extendió la prenda al pequeño, quien la aceptó en silencio. Liam comenzó a manejar.
—¿A dónde vamos?
—A un lugar.
—¿Está lejos?
—Mucho.
—¿Cuánto falta?
Su mano apretó con fuerza el manubrio. El encuentro con Bianca le tenía demasiado irritable, y solo empeoraba con la ausencia de la chica, quien (a pesar de no tener pruebas) se escondía de su figura.
—Cuando el reloj marque un tres y en cero en la derecha, habremos llegado.
Leo asintió.
—¿Cuál es la derecha?
En la parada del semáforo, se giró para darle una mirada a su hijo. El niño le sonrió sin mostrar los dientes y encogió un poquito los hombros. En serio cree que soy un tonto, finge igual que su mamá… Decidió picarlo un poco.
—Esta es la derecha. —Señaló levantando la mano equivocada.
Leo arrugó la frente y debió morderse la lengua. ¡Por supuesto que no lo era! Sa