Sus pesados pasos resonaban en el reluciente piso de la clínica, sus ojos inyectados en sangre y una desesperación que parecía querer arrebatarle la vida. Mierda, podía ocurrirle cualquier cosa a Leo, pero el mero hecho de saber que había sufrido el más mínimo rasguño estaba acabando con su cordura.
El sudor perlaba su rostro y su cabello lucía despeinado debido a la agitación. Sus manos temblaban mientras tomaba el pomo de la habitación. Liam lo tenía claro, y hoy podía reafirmarlo una vez más: Leo era lo único que necesitaba y le importaba en su vida.
El cerrojo hizo un “click” antes de abrirse, y pronto Liam se encontró desorientado en la sala de espera. Se detuvo en seco al ver la blanca habitación decorada con lindas figuras, un signo claro de cuánto costaría todo esto. Bianca yacía sentada en la camilla junto a Leo, mientras un hombre de edad avanzada reía divertido con la historia del niño.
Todos se giraron de golpe al escuchar el ruido de la puerta. Cohibido, Liam aguantó la r