Sus pesados pasos resonaban en el reluciente piso de la clínica, sus ojos inyectados en sangre y una desesperación que parecía querer arrebatarle la vida. Mierda, podía ocurrirle cualquier cosa a Leo, pero el mero hecho de saber que había sufrido el más mínimo rasguño estaba acabando con su cordura.
El sudor perlaba su rostro y su cabello lucía despeinado debido a la agitación. Sus manos temblaban mientras tomaba el pomo de la habitación. Liam lo tenía claro, y hoy podía reafirmarlo una vez más