«En una semana estaré en la casa de mi hijo. Debes seguir el plan y todo será sencillo», había dicho Frida Falkenberg.
Se masajeó la sien con desesperación. Sus pensamientos se hacían cada vez más insoportables. La inseguridad de la que siempre había sido presa ahora se intensificó. Una voz dentro de ella se burlaba. El miedo latente de ser abandonada, peor que un animal, se incrustó en lo profundo de su psique.
¿Qué haría con su hermana?
Algunos recuerdos de momentos anteriores le gritaban lo