Mansión Salvatore, Milán — 07:42 a.m., dos semanas después de París
El sol entraba por las persianas de la suite principal como cuchillas doradas, filtrándose a través de las vidrieras antiguas que daban al jardín de cipreses italianos, pero yo no sentía calor. Solo frío. Un frío que me subía desde el estómago y me apretaba el pecho. Sobre la mesa de noche de mármol de Carrara, la caja azul falsa de Tiffany seguía abierta, la tanga roja dentro como una acusación viva. La había olido: perfume