Narrado por Adrián Salvatore
No había paz.
Ni en casa.
Ni en mi cabeza.
Isabella evitaba mirarme, como si mi presencia le doliera. Cada palabra suya era un filo.
Intenté acercarme, explicarle, hablar como dos adultos que se aman… pero su silencio era un muro imposible.
—Isabella, necesito que me escuches —dije, apoyándome en el marco de la puerta.
Ella ni se movió.
—Ya te escuché demasiado, Adrián.
Ese tono me atravesó. Quise responder, pero en ese momento el teléfono vibró. Era Máximo.
—Dime.