Mansión Salvatore — 05:45 a.m.
El rugido de motores blindados rompió el silencio de la madrugada como un trueno lejano. Isabela, insomne en la habitación de invitados, oyó las alarmas perimetrales y corrió al balcón. Abajo, el convoy entraba maltrecho: blindados perforados por balas, humo saliendo de un capó. Hombres armados descendían, mochilas pesadas a cuestas. Y allí, Adrián, cojeando, hombro envuelto en trapos ensangrentados, cara cubierta de hollín y sudor. Vivo. No muerto en ese infierno