Ella era pues su esposa, su mujer. La podía tocar de acuerdo a él cuando le viniese en gana. Por eso si era su esposa, ¿por qué no podía tocarla? Luca se hundió en estos pensamientos mientras agarraba con fuerza la muñeca de Clarissa, impidiéndole escapar. La empujó contra la fría pared. Sus ojos reflejaban un deseo peligroso.
—Clarissa, siempre mencionas a otras, a Giulia… ¿Es porque estás celosa?
Se inclinó un poco más, con una sonrisa inquietante.
—¿Celosa de que nunca te haya tocado?