La luz del sol se metía por las rendijas de las cortinas, iluminando las manos pálidas y débiles de Paula, como si fuera lo único que la vida le podía dar.
Su cuerpo ya no era el de antes. Estaba cansada, agotada, y su respiración era cada vez más difícil, hasta que, en silencio, su corazón dejó de latir. Se fue sin hacer ruido, llevándose todo el cansancio y la decepción con la que cargaba.
El velorio de Paula se celebró en una sala pequeña. Las telas blancas colgaban suavemente, movidas por la