—Claro que sé que no es mi hijo —la voz de Nicolás sonaba baja y rasposa, con una calma que paralizaba el alma.
—Pero…
De pronto, le agarró la cara a Paula con fuerza, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Puede volverse como yo. Tiene que ser como yo. De piedra.
Los ojos de Paula estaban llenos de lágrimas, pero ya no tenía fuerzas para pelear.
Cada palabra de Nicolás le rompía lo poco que le quedaba de esperanza.
—Déjalo en paz, Nicolás, por favor —dijo con voz débil, desesperada.
—Es solo un niñ