Claro, la señora Santoro estaba tan contenta que ni notaba cómo se le marcaban las arrugas por su sonrisa.—¡Ya casi, ya casi! Cuando llegue el momento, les mando las invitaciones, no se preocupen.
Mientras hablaban animadamente, don Santoro seguía metido de lleno en su partida de ajedrez. Estaba tan concentrado que ni escuchó lo que la señora decía.
Ella lo miró de reojo y, al ver que no le prestaba atención, decidió no molestarlo.
—¡Bueno, entonces nos vamos por ahora!
Apenas la Señora Santoro