Giovanni lo miró, serio, y dijo sin dudar:—Ella cocina, yo lavo los platos. Es lo de toda la vida.
Maxence tosió bajito, intentando zafarse de la orden:
—¿Y si... esperamos a que vuelva esta noche para lavarlos?
Ya estaba todo organizado, ¿no? Un pequeño descanso no le haría daño a nadie.
Él también tenía sus reglas.
Giovanni le echó una mirada que lo dejó tieso, y Maxence, con una sonrisita fingida, agarró las llaves y subió resignado.
Ya sabía que hoy tendría que haberle pasado el turno a Salv