Al día siguiente, Micaela ya estaba allí cuando desperté, aunque era tan eficiente y sigilosa que no lo advertí hasta que estaba a mitad de camino de la planta baja. En la cocina no quedaban rastros de lo que dejáramos Sal y yo la noche anterior, y en cambio, el olor a café recién hecho se mezclaba con el del pan en la tostadora.
Esa mañana supe más de su historia personal, y entendí mucho mejor que se tomara con tanto entusiasmo su tarea de ayudarme y hacerme compañía.
Su abuela, que fallecier