—¿Qué?
La voz de Alejandro se quebró.
Parecía no haberme escuchado bien o, más bien, no se atrevía a creer lo que acababa de oír.
Miré el emblema de la corona bordado en las cortinas y hablé con indiferencia.
—Mi padre no estaba de acuerdo. Mi madre tampoco. Permanecí arrodillada en el gran salón durante todo un día y una noche antes de conseguir su permiso. Porque creía que, si me casaba contigo, podría poner fin al rencor entre nuestros dos reinos. Y también porque...
Hice una pausa.
Me parecí