Desperté al sentir aquel aroma especial.
Aquel olor tan familiar seguía flotando a mi alrededor, igual que el aroma que siempre había desprendido la pulsera de colmillos de lobo.
Sentía los párpados pesados y tuve que hacer un gran esfuerzo para entreabrirlos.
Lo primero que vi fueron unas cortinas de terciopelo oscuro, bordadas con el emblema de la corona en hilo de oro.
No estaba en el aposento apartado.
Moví lentamente la mirada y reconocí los objetos que me rodeaban.
La estantería de caoba,