Acogidos por una sala con grandes ventanales arqueados y con la luz del sol golpear mi rostro con calidez, solo fui capaz de mirar a la mujer albina que entró a la sala, dejando caer su cuerpo sobre los grandes y acogedores sillones que desde un principio me hicieron un gran llamado a sentarme y acomodarme en ellos.
—Te queda bastante bien ese color, Idalia.
—¿Lo mismo dijiste cuando se arregló para ir al club de apuestas? —Cuestiono Moros, quien en confianza con su ambiente se acercó hasta e