Esta vez, no fue una alegría mirar el sol salir tras el horizonte en una demostración de su gran gloria y poderío.
En su lugar, lo sentí amargo.
A estas alturas del día me veía junto a Raphael, lejos de este lugar de porquería y gozando de los inicios de lo que podría ser una nueva vida.
Yo misma me arrebate todo eso.
Ahora vivo encadenada a la muerte de ese hombre en la habitación matrimonial.
Mi esposo, el que yo mate con mis propias manos con la estúpida idea de ser libre de él. Al final sol