El día continuaba y Robert, quien no era muy diferente a Simon, también tenía su santuario. En casa de sus padres, a la orilla de un cerro en Santiago, llegó al taller de carpintería de su madre. Ella esculpía figuras de madera en ese pequeño taller. Robert había crecido entre los olores de las maderas más finas que podrían existir. Desde que entraba, el olor a pino y roble lo envolvía, rememorando las manos de su madre mientras cincelaba cada trozo de madera. En ese lugar habían existido conve