Eric había pasado las últimas horas encerrado en su despacho con la puerta cerrada y las cortinas a medias, dejando entrar la luz apenas necesaria para leer los documentos que tenía frente a él.
La sala estaba en silencio, pero su cabeza no. Había una tensión constante en el aire, una presión que no disminuía sin importar cuánto respirara o cuántas veces apoyara los codos sobre el escritorio para tratar de ordenar sus pensamientos. El archivo reposaba abierto entre sus manos. Una carpeta gruesa,