Amanda se quedó mirando su reflejo en el espejo del baño principal.
Habían pasado tres días desde el alta hospitalaria, tres días de silencio, sin llamadas, sin mensajes, sin nadie cruzando la puerta excepto la asistenta que venía a dejar comida preparada.
Se pasó el cepillo por el pelo una vez más, recogió los mechones en una coleta baja y precisa. Luego tomó el labial rojo oscuro y lo aplicó con pulso firme. No estaba nerviosa. Lo que sentía era otra cosa: una traición que se le había metido