Le quemaba la garganta. Las luces fluorescentes del techo la cegaban, blancas e implacables, mientras voces flotaban a su alrededor, medidas pero cargadas de urgencia contenida.
—Tranquila, Amanda, no te muevas —dijo una voz femenina, calmada pero autoritaria, perteneciente a una doctora que se inclinaba sobre ella—. Respira profundo. Estamos aquí para cuidarte.
Amanda intentó enfocar la vista. El dolor persistía en su vientre, no como las contracciones rítmicas que había leído en los libros, s