Le quemaba la garganta. Las luces fluorescentes del techo la cegaban, blancas e implacables, mientras voces flotaban a su alrededor, medidas pero cargadas de urgencia contenida.
—Tranquila, Amanda, no te muevas —dijo una voz femenina, calmada pero autoritaria, perteneciente a una doctora que se inclinaba sobre ella—. Respira profundo. Estamos aquí para cuidarte.
Amanda intentó enfocar la vista. El dolor persistía en su vientre, no como las contracciones rítmicas que había leído en los libros, sino como una presión sorda y constante, una amenaza que se clavaba profundo y no soltaba. Intentó incorporarse ligeramente, pero una mano suave la detuvo.
—No, quédate quieta —insistió la doctora—. Has tenido un episodio serio. Vamos a revisarte ahora mismo. El primer chequeo salió estable, debemos hacer todo más a fondo para descartar cualquier amenaza contra los bebés.
La camilla se puso en movimiento, rodando por pasillos, Amanda giró la cabeza lo justo para ver el techo desfilar como un río