El murmullo de la sala se apagó gradualmente, como si una mano invisible hubiera girado el dial del volumen hasta dejar solo un silencio tenso y expectante.
El juez entró con paso firme, su toga negra ondeando ligeramente. Todos se pusieron de pie en un movimiento sincronizado, y el golpe seco del mazo resonó como un trueno contenido, marcando el inicio irrevocable de lo que ya no admitía marcha atrás.
El juicio había comenzado.
Eric Sanders se sentó con la espalda erguida, fingiendo una compost