La multitud se agolpaba en la salida del tribunal como una ola humana, flashes de cámaras estallando como relámpagos, voces gritando preguntas que se superponían en un caos ensordecedor.
Amanda avanzaba con paso decidido, el rostro empapado en lágrimas que no se molestaba en secar. El aire frío de la calle la golpeó al salir, pero no sintió alivio. Solo vacío. Y rabia. Una rabia que le quemaba el pecho y le impulsaba las piernas hacia adelante.
Allí estaba el coche aparcado en doble fila. Tommy, con esa calma estoica que ella tanto necesitaba ahora—, bajó del asiento del conductor al verla acercarse. Abrió la puerta trasera con rapidez.
—Señora, ¿está bien? —preguntó, su voz grave cortando el bullicio lejano de los periodistas que aún forcejeaban con la seguridad del edificio.
Ella no respondió. Solo asintió apenas, un gesto mecánico, mientras se inclinaba para entrar en el vehículo. Quería desaparecer. Cerrar la puerta y que el mundo se quedara fuera.
Pero entonces sucedió. Aquello a