El teléfono aún estaba contra su oreja cuando Eric gritó la dirección al chofer, para que regresara a casa de Amanda.
No había pasado ni quince minutos desde que salió de su casa y sucedió esto.
¿Qué pudo haber ocurrido? ¿Cuál era el detonante de esa situación?
De inmediato le llegó a la cabeza la agresividad de la señora López, la forma en la que lo empujó, golpeó y arañó.
—¡Joder! No debí dejarla sola. ¡No debí irme!
—Señor Sanders, llegaremos en siete minutos —dijo el conductor con la voz tensa.
—Haga que sean cinco —respondió Eric, sin apartar la vista del camino.
El conductor no dijo nada más. Aceleró hasta donde le permitía la calle. Eric apoyó la mano libre sobre su rodilla para contener el temblor. Nunca había tenido miedo de perder nada. Había perdido demasiado en su vida como para que algo lo hiciera temblar otra vez. Pero esto era distinto. Sentía el corazón golpeándole el pecho de un modo errático, incómodo, casi doloroso.
Amanda sangrando.
Amanda llorando.
Los bebés en rie