La casa estaba en silencio. La mujer tenía las manos sobre el regazo, los dedos inquietos, los ojos moviéndose de un punto a otro como si buscara un recuerdo que se escapaba.
Era una calma frágil, sostenida por un hilo que podía romperse con una palabra mal dicha.
Amanda se movía inquieta frente a ella, esperando el momento adecuado. No había un modo amable de preguntar lo que necesitaba saber, pero no podía seguir con ese peso encima. No después de la reacción violenta que su madre había tenido al escuchar el apellido Sanders y ver el rostro de este.
¿Por qué esas dos reacciones? ¿Por qué se mostró amable y luego con ese ataque, como si hubiese visto al mismo demonio? Amanda estaba cansada de intrigas y deseaba saber la verdad ahora que su madre parecía tener un poco de lucidez.
—Mamá… —dijo con una voz suave que se quebró por dentro—. Por favor, debes de contarme todo lo que sepas. Es el momento. Tú y yo no podemos tener secretos, solo nos tenemos una a la otra, sin mentiras.
La señ