Eric golpeó el timbre tres veces más, cada una más fuerte que la anterior.
Nada.
El silencio detrás de ese portón era antinatural.
El pecho le ardía, la mandíbula apretada. Dio un paso atrás, miró la puerta como si midiera su resistencia, y pateó con toda la fuerza que tenía.
El golpe resonó seco, pero la cerradura aguantó.
—¡Amanda! —gritó, con la voz quebrada por la rabia—. ¡Amanda, respóndeme!
Claudio se sobresaltó detrás de él, sin saber si intervenir o retroceder. Eric volvió a patear, y l