—¿Y entonces? —la voz de Cyril rompió el silencio de la oficina—. ¿Al final te la llevaste a casa o se te desmayó en medio de la reunión?
Eric seguía mirando la pantalla, aunque no leía nada. Su mano giraba lentamente el vaso de cristal entre los dedos. Era tarde, pero no tanto como para estar tan agotado. Simplemente, no quería hablar.
Cyril se dejó caer en el sillón frente al escritorio, sacudiéndose el polvo imaginario del traje caro. Siempre impecable, siempre hablador.
—Esa mujer... Amanda