Cyril entró a la oficina sin tocar, como siempre. Llevaba su traje caro, sus gafas de sol puestas dentro del edificio —porque era un imbécil con estilo— y esa sonrisa cínica que le nacía cuando intuía desastre.
—Tienes cara de mierda —soltó mientras cerraba la puerta de una patada leve—. ¿Qué sucede ahora? ¿Sigues lidiando con tu némesis?
Eric no respondió. Solo apretó el bolígrafo entre los dedos y siguió revisando un documento que ni siquiera estaba leyendo.
Cyril arqueó una ceja.
—No —dijo,