El despertador sonó antes de que el sol saliera y Amanda lo apagó con un gesto torpe, casi molesta por tener que empezar otro día igual al anterior.
Se incorporó despacio porque la cabeza le latía fuerte, como siempre que dormía mal. No tenía opción: debía levantarse. Había cuentas que pagar, comida que comprar y una madre que dependía de ella para absolutamente todo.
Entró a la cocina y abrió la nevera. Lo que vio la dejó con ese vacío desagradable que ya se había vuelto costumbre: dos manzana