Mundo de ficçãoIniciar sessãoLa cena familiar se celebró dos semanas después de la boda civil, en la residencia principal de los Moretti, una mansión todavía más imponente que aquella donde Elena ahora vivía junto a Dante. Él le había advertido, con su habitual franqueza, que aquella noche no sería sencilla.
—Mi familia es numerosa, y no todos van a recibirte con los brazos abiertos —le había dicho esa misma tarde, mientras Elena se preparaba frente al espejo, alisando nerviosamente un vestido azul marino que había elegido cuidadosamente por su elegancia discreta — Pero recuerda que eres mi esposa, Elena, y nadie tiene derecho a tratarte de otra forma que no sea con respeto. Sin embargo, en cuanto cruzaron las puertas del gran salón donde ya se encontraban reunidos varios miembros de la familia, Elena sintió de inmediato el peso de las miradas evaluadoras que se posaron sobre ella, recorriéndola de arriba abajo con una frialdad que no necesitaba palabras para resultar hiriente. —Así que esta es la famosa Elena —dijo una mujer mayor, de cabello plateado recogido en un moño impecable, sentada en el centro del salón con la postura rígida de quien está acostumbrada a que todos a su alrededor la traten con deferencia. Elena reconoció de inmediato a doña Carlota, la matriarca de la familia, madre de Dante y de Alberto —La empleada que sedujo a mi nieto y ahora se casó con mi hijo. —Madre, por favor —intervino Dante, con una advertencia clara en su voz —Elena no sedujo a nadie. Fue Bruno quien la utilizó y luego la abandonó embarazada el mismo día de su boda con otra mujer. —No necesito que me expliques los detalles sórdidos de esta historia, Dante —replicó doña Carlota, sin apartar su mirada gélida de Elena — Lo que necesito entender es por qué mi hijo, un hombre inteligente que ha sabido evitar este tipo de trampas durante toda su vida, decidió casarse con una mujer sin apellido, sin fortuna, y evidentemente embarazada de otro hombre de esta misma familia. —Porque quise hacerlo, madre —respondió Dante, con una firmeza que no dejaba espacio para más discusión —Y espero que a partir de ahora trates a mi esposa con el mismo respeto que le exigirías a cualquier otra persona en esta familia. Elena permaneció en silencio, sintiendo que el rubor le subía por las mejillas, pero decidida a no dejarse intimidar tan fácilmente. Alzó la barbilla y avanzó unos pasos más hacia el centro del salón, dispuesta a enfrentar aquella mirada evaluadora con toda la dignidad que pudiera reunir. —Doña Carlota, entiendo perfectamente su desconfianza —dijo, sorprendiendo tanto a la anciana como al propio Dante con su voz firme — Si yo estuviera en su lugar, probablemente también dudaría de las intenciones de una mujer en mi posición. Pero le aseguro que no busco ni su fortuna ni la de su hijo. Lo único que busco es una vida digna para el hijo que llevo en mi vientre, y protección ante un hombre que intentó obligarme a abortarlo. Un murmullo recorrió el salón ante aquella declaración directa, y Elena notó que algunas miradas, antes cargadas de desprecio absoluto, comenzaban a mostrar cierta curiosidad, incluso algo parecido al respeto. —Vaya, parece que la muchacha tiene carácter —comentó un hombre mayor, sentado cerca de la chimenea, a quien Elena identificó como uno de los tíos de Dante —Eso ya es más de lo que se puede decir de la mayoría de las mujeres que Bruno solía traer a estas reuniones. —Tío Fernando, por favor, no fomentes esto —protestó una mujer joven, prima de Bruno según pudo deducir Elena por la conversación, con una expresión de desprecio evidente —Es obvio que solo busca el dinero de la familia. ¿Qué otra razón tendría una simple asistente para casarse con un hombre veinte años mayor que ella? —Tal vez la razón, Beatriz, es que un hombre veinte años mayor que ella supo tratarla con más decencia en una semana de lo que mi hijo logró demostrar en ocho meses de relación secreta —intervino de pronto Alberto Moretti, el padre de Bruno, con una voz cargada de una amargura que sorprendió a todos los presentes. —¿Estás defendiendo a esta mujer, papá? —preguntó Bruno, quien había permanecido en silencio en un rincón del salón, observando toda la escena con el rostro tenso. —Estoy reconociendo mis propios errores, Bruno —respondió Alberto, con la mirada baja —Sabía de la existencia de Elena mucho antes de la boda con Camila, y elegí callar por conveniencia. Ese silencio también me hace responsable de gran parte de este escándalo. Elena observó aquel intercambio con auténtica sorpresa, sin esperar que precisamente el padre de Bruno fuera quien saliera en su defensa, aunque fuera movido más por la culpa que por una genuina simpatía hacia ella. —Todo esto es muy conmovedor —intervino doña Carlota, con un tono cargado de sarcasmo — pero sigo sin ver ninguna prueba de que esta mujer realmente ame a mi hijo, más allá de un contrato conveniente que le garantiza seguridad económica. —Doña Carlota, con todo respeto —dijo Elena, decidiendo que era momento de enfrentar directamente aquella acusación —nunca pretendí ocultar que mi matrimonio con Dante nació de la necesidad, no del amor romántico. Pero eso no significa que no vaya a honrar cada compromiso que asumí frente a él. Si usted necesita pruebas de mis intenciones, se las daré con hechos, no con palabras vacías, durante todo el tiempo que dure este matrimonio. Dante, que había permanecido observando todo el intercambio con una expresión cuidadosamente neutral, se acercó finalmente hacia Elena, colocando una mano protectora en la parte baja de su espalda con un gesto que, aunque calculado para la ocasión, resultó sorprendentemente reconfortante para ella. —Creo que ya ha quedado suficientemente claro esta noche que Elena no necesita defensa de nadie —dijo Dante, dirigiéndose a toda la familia reunida en el salón —Pero quiero que todos entiendan algo con total claridad, a partir de hoy, ella es mi esposa, y cualquier falta de respeto hacia ella será considerada una falta de respeto directa hacia mí. Espero que esto no vuelva a repetirse en futuras reuniones familiares. Un silencio pesado se instaló en el salón tras aquella declaración, y Elena pudo notar cómo varias miradas, antes desafiantes, ahora se desviaban hacia otros puntos de la habitación, incapaces de sostener la firmeza con la que Dante acababa de dejar clara su posición. —Está bien, Dante —cedió finalmente doña Carlota, aunque su tono todavía conservaba un dejo de desconfianza —Le daremos a esta joven el beneficio de la duda, por ahora. Pero espero, por el bien de esta familia, que no nos hagas arrepentirnos de esta decisión. —No se arrepentirán, doña Carlota —dijo Elena, sosteniendo la mirada de la anciana con una determinación que no pensaba abandonar —Se lo prometo.






