Mundo ficciónIniciar sesiónLa firma oficial del contrato matrimonial se celebró tres días después, en una ceremonia breve y estrictamente privada dentro del mismo despacho donde Elena había firmado por primera vez el acuerdo, apenas una semana atrás. Dante había insistido en que, antes de la ceremonia civil que se celebraría al día siguiente ante amigos cercanos y socios de la empresa, era necesario formalizar ante notario cada una de las cláusulas que ambos habían negociado.
—¿Estás lista? —preguntó Dante, entrando en el despacho vestido con un traje oscuro impecable, encontrando a Elena de pie junto a la ventana, con el contrato ya extendido sobre el escritorio junto a la pluma que utilizarían para firmar. —Lista —confirmó Elena, aunque un ligero temblor en su voz delataba los nervios que llevaba acumulando desde la mañana. El notario, un hombre mayor de gesto discreto y voz pausada, comenzó a leer en voz alta cada una de las cláusulas principales del contrato, mientras Elena escuchaba con atención, asintiendo en los puntos que ya conocía de memoria, el reconocimiento legal del hijo que llevaba en su vientre bajo el apellido Moretti, el fideicomiso que garantizaba su independencia económica, las habitaciones separadas, la cláusula de custodia total en caso de disolución del matrimonio. —Firme aquí, señorita Márquez —indicó el notario, señalando la línea inferior del documento. Elena tomó la pluma con manos algo temblorosas y firmó su nombre completo, sintiendo el peso simbólico de aquel gesto que transformaría oficialmente su vida a partir de ese momento. Dante firmó justo después, con una caligrafía firme y decidida que contrastaba notablemente con el pulso inseguro de Elena. —Falta un último detalle —dijo Dante, una vez que el notario recogió los documentos y se despidió con una discreta reverencia, dejándolos finalmente a solas en el despacho. De un pequeño cajón lateral del escritorio, Dante extrajo una caja de terciopelo azul oscuro, y al abrirla frente a Elena, ella no pudo evitar quedarse sin aliento ante lo que contenía: un anillo de compromiso elegante pero discreto, con un diamante de talla esmeralda rodeado de pequeñas piedras que brillaban suavemente bajo la luz de la lámpara del despacho. —Dante, esto no era necesario —murmuró Elena, observando la joya con una mezcla de sorpresa y una incomodidad que no supo explicar del todo —Nuestro acuerdo no incluye ningún tipo de romanticismo, ¿recuerdas? Podríamos haber usado cualquier anillo sencillo solo para las apariencias. —Precisamente por eso necesita ser convincente —respondió Dante, con esa lógica pragmática que Elena ya empezaba a reconocer como parte esencial de su forma de ser —Si vamos a mantener la imagen de un matrimonio legítimo ante mi familia y ante la prensa, Elena, cada detalle debe sostener esa apariencia sin fisuras. Un anillo demasiado sencillo levantaría sospechas inmediatas sobre la naturaleza real de nuestro acuerdo. Elena asintió, comprendiendo la razón práctica detrás de aquel gesto, aunque no pudo evitar sentir una punzada extraña en el pecho cuando Dante tomó su mano con delicadeza y deslizó el anillo en su dedo, ajustándolo con una atención al detalle que parecía contradecir, aunque fuera levemente, la frialdad calculadora que él insistía en mantener entre ambos. —Te queda perfecto —dijo Dante, observando el anillo brillar en la mano de Elena con una expresión que ella no supo interpretar del todo. Fue en ese preciso instante cuando la puerta del despacho se abrió sin previo aviso, y Bruno entró con paso decidido, deteniéndose en seco al presenciar la escena, Elena con la mano todavía sostenida por Dante, el anillo de compromiso brillando entre ambos, y una cercanía física que, aunque completamente formal en su naturaleza, resultaba innegablemente íntima a los ojos de cualquier observador externo. —Disculpen la interrupción —dijo Bruno, con una voz que intentaba sonar neutral, aunque Elena percibió de inmediato una tensión nueva en su tono —Vine a traerte unos documentos que necesitabas revisar antes de la junta de mañana, tío Dante. No sabía que estabas... ocupado. Dante soltó suavemente la mano de Elena, recuperando de inmediato su habitual compostura serena. —Elena y yo acabamos de firmar el contrato matrimonial —informó, sin ningún atisbo de vergüenza o disculpa en su voz —Y como puedes ver, también acabo de entregarle su anillo de compromiso. Elena observó con atención el rostro de Bruno mientras procesaba aquella información, y por primera vez desde que se conocían, algo genuinamente distinto cruzó su expresión. No era la arrogancia habitual, ni la furia fría de sus últimos encuentros, sino algo mucho más crudo, mucho más difícil de disimular, una punzada evidente de celos que Bruno no logró ocultar completamente, por más que se esforzara en mantener una expresión neutral. —Qué anillo tan... elegante —comentó Bruno, con una voz que se había vuelto ligeramente más tensa, mirando la joya en el dedo de Elena con una intensidad que ella reconoció de inmediato, pues era la misma mirada con la que él solía observarla durante los meses en que mantenían su relación secreta —Nunca me imaginé que llegarías tan lejos, tío. Casarte de verdad con ella, entregarle un anillo tan costoso solo para mantener las apariencias. —Cuida tu tono, Bruno —advirtió Dante, con esa calma helada que Elena ya reconocía perfectamente como preludio de una advertencia seria. —No es ningún tono especial, tío, solo estoy sorprendido —insistió Bruno, aunque la tensión en su mandíbula delataba mucho más de lo que sus palabras pretendían admitir —Es solo que resulta curioso ver cuánto esfuerzo estás dispuesto a invertir en un matrimonio que, según tú mismo dijiste, es puramente práctico. Elena permaneció en silencio, observando aquel intercambio con una mezcla de incomodidad y una curiosidad que no podía evitar sentir. Era evidente que, detrás de la máscara de indiferencia que Bruno intentaba proyectar, todavía quedaba algo de la posesividad que él había demostrado durante los meses de su relación secreta, algo que ni la boda fallida con Camila, ni el paso del tiempo, habían logrado extinguir completamente. —Bruno, deja los documentos sobre el escritorio y retírate —ordenó Dante, con una voz que no dejaba espacio para réplicas —Elena y yo tenemos una boda que preparar para mañana, y no necesito distracciones innecesarias en un día tan importante. Bruno dejó la carpeta de documentos sobre el escritorio con un gesto brusco, y antes de salir, dirigió una última mirada hacia Elena, una mirada cargada de un resentimiento que ella no supo si atribuir enteramente al orgullo herido, o a algo mucho más complicado y peligroso que él mismo, quizás, todavía no terminaba de comprender del todo. —Espero que sepas lo que estás haciendo, tío —dijo finalmente Bruno, antes de cerrar la puerta del despacho tras de sí con más fuerza de la necesaria. Una vez que se quedaron nuevamente a solas, Elena se giró hacia Dante, todavía procesando lo que acababa de presenciar. —¿Viste eso? —preguntó, con la voz baja, casi insegura —Dante, creo que a Bruno todavía le importo, de alguna manera retorcida que ni siquiera él mismo comprende del todo. Dante la observó fijamente, con una expresión seria que Elena no supo interpretar del todo, antes de responder con una voz baja y calculadora. —Lo sé —dijo simplemente —Y eso, Elena, es exactamente lo que más debería preocuparnos a partir de ahora.






