Lo primero que nos encontramos cuando empujé la silla de ruedas de Nicolás a la casa fue a Dalia. La mujer estaba ahí, tranquilamente sentada en el mueble, sosteniendo un libro en las manos. Cuando lo vio entrar, se puso de pie.
— ¿Qué hace este hombre aquí? — me preguntó confundida.
Y yo entendía completamente la razón de aquella confusión, porque era difícil para ella entenderlo. Evidentemente, Nicolás era uno de los hombres que más daño me había hecho en la vida, y si lo veía desde esa perspectiva era bastante evidente que no debía estar ahí, que yo no debía perdonarlo. Pero la mujer simplemente levantó el mentón con orgullo.
— Dalia, creo que tendré que sacar un buen rato para explicar todo esto, pero hemos decidido dejar el pasado atrás, al menos por el momento, porque tenemos ahora un enemigo en común mucho más grande y peligroso. Tal vez después ya veremos qué pasará con nosotros, pero por el momento está bien…
— Nunca he cuestionado tus decisiones, al menos siempre he perm