El olor a sangre y resina de pino flotaba pesadamente en el aire mientras las botas de Daniel se hundían en el suelo arcilloso del bosque, cada paso apresurándose hacia la sombría reunión bajo una extensión de árboles sombríos. El manada, su familia unida no por sangre sino por algo más profundo, había formado un anillo protector alrededor de un guerrero caído: un cuadro austero grabado con dolor.
—¡Benjamín! —La voz de Daniel, cargada de urgencia, cortó los susurros apagados de los miembros de