El bosque estaba lleno de sonidos de persecución: el crujido de las ramitas, el susurro de las hojas y los ásperos alientos que empañaban el aire frío. Las patas de Daniel tronó contra la tierra blanda mientras atravesaba el denso follaje, su pelaje erizado a la luz plateada de la luna. El olor de sus perseguidores flotaba en el aire, una mezcla tóxica de pólvora y sudor.
—¡Sigue moviendote! —Daniel ladró por encima del hombro a las figuras sombrías de sus compañeros de manada que se arrastraba